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Trajes comarcales y de fiestas
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El ser humano tiene una naturaleza preeminentemente social, estudios de su comportamiento así lo demuestran y mediante una serie de factores que confluyen nos encontramos frente a lo que se denomina la comunicación no verbal.

Históricamente, desde el momento en que se consolida el interés por el cuerpo también lo hace por su lenguaje, el lenguaje del cuerpo. Este se convierte pues en vehículo transmisor de informaciones incluso, dependiendo de la época, cultura y sociedad, de lo que está prohibido en la palabra.

Transformado en estructura lingüística, nos revela el cuerpo ríos de información aún cuando el individuo permanezca en silencio. Los órganos fonadores, son los que nos permiten hablar, pero el resto de nuestro cuerpo nos ayuda a conversar; brazos, manos, ojos… hablan a la par de los órganos que específicamente poseemos para tal fin.

En la comunicación presencial, afloran flujos de señales no verbales para lo cual se utilizan procesos de codificación y decodificación, procesos que se dominan y perfeccionan mediante su práctica. Digamos pues que existe una especie de aprendizaje y perfeccionamiento de este sistema.

La indumentaria aglutina muchísimos elementos que están cargados de significados, y por lo general, caracterizados más por su valor simbólico que por su valor funcional, y se podría considerar como parte importante de un proceso de signos. A la indumentaria se le podría otorgar el valor de símbolo dentro del fenómeno de lo que denominamos el vestir.

Balzac (1830) “El atavío es el más elocuente de todos los estilos... forma parte del propio hombre, es el texto de su existencia, su clave jeroglífica”

Si se acepta como válido, el planteamiento de que el individuo mediante su indumentaria expresa su personalidad, sería un sólido pilar donde se sostenga cualquier teoría respecto a la identidad y la indumentaria. Digamos pues que la forma de vestir define a una zona o pueblo y nos ayuda a entender sus gustos, costumbres y hasta su cultura.

Creo que no se puede hablar de la comunicación no verbal, en este caso mediante la indumentaria, sin detenernos en un elemento especialmente importante y pienso que muy relacionado en esta materia, pudiendo observar la analogía al respecto. Naturalmente hablo del rostro y de la expresión de éste.

El rostro proporciona información, emociones fundamentalmente, felicidad, ira, tristeza, sorpresa… y no se manifiesta siempre de manera uniforme. También puede facilitarnos datos; datos sobre la edad, el sexo o la raza de un individuo, pero son meras impresiones sobre su personalidad. Aunque existe un dicho popular que cuenta que “la cara es el espejo del alma”, no siempre es un libro abierto.

Precisamente porque sabemos de su fuerza comunicativa, se intenta a menudo controlarla mediante la inhibición o en su caso la exhibición como y cuando queramos, esto obedece a un proceso de socialización. El rostro humano podría ser el elemento más sofisticado al hablar de la comunicación no verbal.

En la historia del vestido, el final del siglo XVIII marca un fenómeno de notoria importancia con consecuencias que aún hoy en día se pueden percibir: los hombres renuncian a las espectaculares formas de atavío, tan lujosas y elaboradas que rozaban la excentricidad, reduciendo su indumentaria a un atuendo de aire sobrio y austero.

Desde los tiempos del Imperio Romano hasta finales del siglo XVIII, no había habido diferencias sustanciales entre la indumentaria masculina y la femenina, desde el punto de vista ornamental. Siempre llamó la atención la uniformidad por un lado y la variedad por otro de la manera de vestir del Imperio Romano. Ya entonces, hombres y mujeres, atendían a los cánones de la época en cuanto al vestir, estableciendo claras diferencias entre estamentos sociales y las tendencias creativas en cuanto al formato y colores de sus ropas.

Pero desde aquel período y hasta nuestro siglo la mujer gozaría del privilegio de ser, desde este mismo punto de vista la única depositaria del lujo, la elegancia y la belleza.

Como curiosidad y por si sirve como punto de partida del fenómeno de “la moda” durante el siglo XVIII las clases sociales más altas de Francia, se vistieron al gusto francés para diferenciarse del austero atuendo de la Corte Española todavía dominante. Es desde entonces cuando el término “moda” se ha venido empleando.

En el Mundo Antiguo no encontramos esta rápida sucesión de cambios en el modo de vestir. Los antiguos egipcios, probablemente por sus estructuras político-religiosas, conservaron iguales prototipos de indumentaria, masculina y femenina, con muy pequeñas modificaciones a lo largo de aproximadamente 2.500 años.

A continuación el cristianismo reelabora con formato propio muchos valores de la Antigüedad, desterrando la inmodestia y la vanidad de las modas. En la indumentaria solamente se permitían las variantes a los vestidos rituales de príncipes o emperadores.

Aunque desde el principio de los tiempos el hombre tiende a cubrir su cuerpo, atendiendo a la necesidad fisiológica de combatir las inclemencias del tiempo, también nos cuentan las Sagradas Escrituras como por cuestión de pudor, Adán y Eva utilizaron hojas para cubrirse.

Históricamente, otra época que me sugiere destacar sería la Edad Media, donde se puede observar claramente por ejemplo, que por el tipo de viviendas utilizadas, pequeñas ventanas, gruesos muros o mismamente en los castillos, las gentes tienden a modificar sus ropas alargando mangas y agrandando largos hasta los pies, utilizando colores más bien oscuros y gruesos géneros, eso sí, sometido siempre al riguroso espíritu que la iglesia impone en esta época, pronunciándose al mismo tiempo las diferencias en la forma de vestir entre la nobleza y el pueblo, por no hablar del clero, que también se manifiesta en materia de “moda” por su condición de autoconsiderarse una clase social privilegiada al ostentar tanto poder civil.

A la llegada del Renacimiento se producen ciertos cambios, no se trató de modas, sino de tajantes cambios de estilo.

La moda comienza a manifestarse como fenómeno importante reservado a un sector socialmente privilegiado.

La moda ha tenido tendencia a la igualdad, ayudando a solapar e incluso a disipar los signos entre las diferentes clases. Como expresión de una postura competitiva, se convierte en un fenómeno socialmente relevante sólo con el ascenso de la burguesía. Desde el momento en que los estratos inferiormente sociales comienzan a apropiarse de la moda, las clases sociales más altas evolucionan de una moda a otra, con lo que de nuevo se diferencian de la masa, obteniendo así un proceso cíclico.

Los fenómenos del consumo y de la moda dependen de la estructura social y no de las necesidades naturales. Con la evolución de la sociedad moderna se alcanza una menor diferencia entre clases. La moda se expande de manera vertical, desde la cúspide hasta la base de la estructura social, siendo el resultado que los sectores acomodados son los que únicamente introducen novedades para así poder seguir diferenciándose.

A estas conductas de imitación, que provocaban la eliminación de las diferencias simbólicas, ornamentalmente hablando, se opusieron los estratos sociales más altos mediante promulgación de leyes determinando el tipo de indumentaria a utilizar por las capas socialmente inferiores, o bien adoptando una nueva y diferente forma de vestir, lo que les permitía recuperar el valor simbólico de distinción social que anteriormente les habían hecho perder.

No hubo época más favorable que el siglo XVI para el desarrollo de la imagen personal.

En términos generales se podría decir que existen otros aspectos que dan cuerpo al fenómeno de la moda, tales como el instinto de ornamentación, el interés por todo lo nuevo, la tendencia por lo superficial y el capricho… aunque el vestido tiene una función ambivalente que puede resaltar el atractivo de una persona a la vez que hace que se sienta segura en su sentimiento de pudor.

Probablemente el fenómeno de la moda pudiera haberse visto influido también por factores de carácter estético, moral, jurídico, higiénico, etc. Para un análisis exhaustivo de este fenómeno tan complejo sería necesario un trabajo interdisciplinar, que comprenda antropología, sociología, psicología, economía e historia.

En lo referente a nuestro país y su historia, por ser nuestra península punto de confluencia de culturas y por tanto cuna de mestizaje no se podría hablar de una sola línea en cuanto a la evolución de la indumentaria, tomemos como ejemplo una época, la Edad Media,  para observar que mientras para los reinos españoles al igual que en el resto de Europa se vive de acuerdo al pensamiento católico donde la religión impera, en el sur de la península, en Al-Andalus, se perciben notables diferencias influenciadas evidentemente por tratarse de otra cultura; arte, medicina, arquitectura, política…, por tanto utilizando diferentes tejidos y colores para la confección de sus prendas, explosionando con la variedad cromática que se deja ver posteriormente permaneciendo durante siglos.

José Ramón Díaz Ramos, doctor en Geografía, en la obra Enciclopedia de Almería nos define el espacio geográfico como superficie útil sobre la que se puede desarrollar la actividad humana, aprovechando o padeciendo las características de su soporte físico.

Cada “espacio geográfico” disfruta de unos componentes y factores que lo hacen singular y lo definen En ellos se asientan civilizaciones que, en el transcurso de los años, intentan adaptarse al medio, creándose así una relación entre el individuo y el hábitat construyendo de esta manera su historia.

En la actualidad se encuentran censados numerosos ejemplares de indumentaria tradicional almeriense, cuyas fuentes van desde el Mueso de Almería hasta testimonios gráficos localizados en los lugares de origen, labor que la artesana Ana María Pérez Morales ha materializado en las figuras que ilustran este texto, pudiendo observar claras influencias del levante peninsular en la Comarca de los Vélez, o el paralelismo de la indumentaria de Laujar, Berja y Dalías, entre otros, con la vecina Granada.

La “refajona” era la indumentaria típica femenina, derivando el nombre del refajo de lana fina de coloro azul oscuro o, en algunos casos, negro o burdeos, que constituía su elemento más importante. Presentaba pequeñas variantes según los lugares.

De esta manera describe la indumentaria de mujer la Enciclopedia de Almería y nos advierte de las variantes que a continuación se detallan.