| Moraima y el Peñón de la Reina (Otras leyendas de Almería) |
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Cuando Boabdil dejó Granada, después de firmar las Capitulaciones de la rendición ante los Reyes Católicos, fijó su residencia en Laujar de Andarax. Allí vivió poco más de un año con su esposa Moraima y sus hijos. Uno de los pequeños, cuando fue restituido por los Reyes cristianos, ya que mantuvieron a los hijos del rey moro cautivos como rehenes, estaba enfermo de tuberculosis. La reina Moraima no dejó que nadie se acercara al pequeño para cuidarlo, encargándose ella misma de hacer. Se contagió de la misma enfermedad y poco después murieron los dos. Moraima había dejado escrito en su testamento que la enterraran en su pueblo natal de Mondujar, pero Boabdil temía que si enterraba allí a su esposa e hijo, los cristianos profanaran prontamente sus sepulturas. Para evitar esto decidió enterrarla en otro lugar totalmente diferente donde estuvieran completamente a salvo. Preguntó a sus criados y uno de ellos le contó que en una alquería próxima, llamada Al-Hiçan , había un peñón muy grande frente al pueblo que contenía múltiples cuevas en las que poder enterrar a la reina y al príncipe. Dicho y hecho, vestido el rey de sirviente, para no llamar la atención y junto a uno de sus criados de confianza, cargaron los féretros en un pequeño carro, totalmente cerrado y tomaron la dirección del Levante. Después de un día de marcha se toparon con un habitante de Al-Hiçan, que, todo entristecido, tomaba el camino del exilio con una atillo a las espaldas. Había perdido a sus seis hijos varones en las numerosas guerras acaecidas contra los cristianos, además había muerto también su esposa y, antes de que los cristianos lo expulsaran de su tierra, decidió irse a tierras extranjeras pero donde imperaran sus creencias musulmanas. Después de contar su historia, indicó el mejor sitio donde ocultar a la reina. Así lo hicieron, tapiaron la puerta de la cueva y allí dejaron dormir el sueño eterno a la reina y a su hijo. Nunca se ha encontrado la entrada de esta cueva que da acceso al interior del Peñón, que desde aquel momento se llamó Peñón de la Reina. El rey abandonó el lugar. Cuando llegó a Laujar hicieron los preparativos para enterrar falsamente a la reina en el cementerio de la mezquita de Mondújar y, acabadas las exequias, tomó sus pertenencias y, acompañado por su familia, criados y el habitante de Al-Hiçan, embarcaron rumbo a África, donde vivió exiliado el resto de su vida. (María José de los Ríos Porras (2003). A través de mi hornacina. Almería, Colectivo Detebeos) Al hilo de esta historia, cuando el que esto escribe vivía en Canjayar, donde pasó su niñez en los lejanos años cincuenta de la centuria pasada, se relacionó con el sacerdote coadjutor de dicho pueblo don Federico Guerrero Alonso, el cual inflamaba la fantasía del infante contándole que poseía el plano, dibujado en pergamino, de la entrada secreta de una cueva del Peñón de la Reina que daba acceso a su interior, donde existía un magnífico palacio musulmán lleno de riquezas. Llegué a ver dicho pergamino, pero ahora no podría jurar si era verdadero o una simple fantasía creada por el anciano sacerdote para encandilar la mente de un inocente y crédulo niño. |