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El rebaño encantado PDF Imprimir E-mail
Indice del artículo
El rebaño encantado
Localización geográfica
Expulsión morisca
Palabras clave y Bibliografía
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Cuentan que en una aldea cercana al nacimiento del río Antas, llamada de la Rambla Aljibe, en la jurisdicción de Lubrín, vivía una familia acomodada, dueña de una buena porción de tierras y que contaba entre sus posesiones con varios esclavos moriscos que cuidaban de su casa y su hacienda. Entre sus esclavos se encontraba una mora ya entrada en años, que había sido separada de los suyos al ser vendida en distinto lote al resto de sus familiares; como consecuencia de su soledad había cobrado especial cariño al menor de los hijos de sus amos, que había nacido tras su llegada al servicio de la casa. Se había convertido en el ama de cría del niño y lo había criado volcando todo su cariño en él, como si de su propio hijo se tratara, así la mujer tenía un motivo para seguir viviendo a pesar de sus años, sus desilusiones y las penurias por las que había atravesado. Cuando el niño lloraba ella lo consolaba acunándolo y le decía al oído, “no llores luz de mis ojos, que tuyos serán todos mis tesoros”, hasta que el niño se dormía o se calmaba y volvía a sus juegos infantiles.

Sin embargo los amos estaban preocupados porque la esclava había sido vista saliendo de la casa en noches de luna llena, para volver bien entrada la madrugada resguardándose entre las sombras de la noche, por ese motivo comenzaron a desconfiar de ella y a temer que su hijo sufriera algún daño a manos de la mujer. Una de esas noches la esclava despertó al niño al entrar la madrugada y le dijo que la acompañara para ver cuales serían las riquezas que ella le iba a entregar cuando fuera un hombre, llevó al pequeño en brazos un buen trecho por una zona abrupta y solitaria hasta que llegaron a los pies de un cerro en el que había muchos guijarros, piedras blanquecinas que sobresalían entre los romeros y las aliagas y en eso la mora comenzó a recitar un extraño sortilegio:

“Acudid al abrevadero,
Seais ovejas o carneros,
Bajad de la majada
Que vuestra vuelta esta cercana,
Resurgid en la noche,
La luna lustrará vuestros vellones.”

Al tiempo que la mujer pronunciaba las palabras comenzaban a cobrar vida, una tras otra, todas las piedras de aquel cerro hasta que estuvo por completo cubierto por un enorme rebaño de ovejas de resplandeciente lana; cuando la mora se disponía a contarle al niño a quién pertenecían todos aquellos animales escuchó a lo lejos ladridos de varios perros y la voz de su amo que los llamaba a ella y al niño. Un rayo de ira cruzó su cara y dijo al niño: “yo quería darte la felicidad, pero su desconfianza impide  que disfrutes de este don”.

Inmediatamente se volvió hacia el enorme rebaño y pronunció unas amargas palabras:
“Dormitad, mis rebaños
Hasta mejor turno quel de hogaño”.

De esta manera, rápidamente, los animales fueron tornándose de nuevo en pequeñas piedras y cuando el amo y varios de sus peones llegaron al lugar donde se encontraban la mora y el niño, ya no había un solo vellón a la vista de los ojos humanos. La mujer no pudo ofrecer una sola explicación satisfactoria sobre la injustificada escapada con el niño que solo tenía siete años, por este motivo fue separada cruelmente del pequeño y vendida a un tal Juan Martínez, que la llevó a trabajar a su tierra a muchas leguas de distancia, por lo que la mora no pudo consolarse con el cariño y la compañía del que consideraba como a su propio hijo, ni fue posible que aquel rebaño cobrara vida nunca más.

La leyenda que cuenta la historia del rebaño encantado se fundamenta en connotaciones que van desde la localización física de a zona en la que ocurrió, hasta la realidad de los hechos históricos; al tiempo que bucea en el mundo de lo mágico, permitiendo que la imaginación avance hacia lugares en los que hechos maravillosos pueden convertirse en realidad.