| La laja del lobo marino |
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Página 1 de 6 Este cuento se lo contó mi bisabuela a mi abuela, mi abuela a mi madre y mi madre a mí. Cierta noche templada, oscura sin viento y desapacible por la época que se encontraba y en el más absoluto silencio, se oían unos golpes y una voz que decía: “Vamos con Dios” y a los pocos minutos, el chirriar de una puerta que se abría, entonces una voz que contestaba y con la “virgen del Carmen”. Era sorprendente en el silencio de la noche, cómo los “llamaores” repetían y repetían el “vamos con Dios”, después de tocar con los nudillos o con la palma de las manos, en las puertas de los que tenían que irse a pescar. La escena era siempre la misma. El que se levantaba no cruzaba palabra con el otro, siempre restregándose los ojos y abrochándose el clásico chaquetón que un día le dieran en Marina de Guerra, que fue de padres a hijos y que en algunos casos no quedaba nada de su forma original; por los remiendos, parecían corazas entre la sal del mar, la grasa y la escama del pescado que los hacía ponerse rígido como conchas de tortuga. Uno de estos “llamaores”, sintió en medio de la noche, un rugido y algunas veces más que rugido eran unos lamentos. Se oían dos o tres veces por noche, pero a medida que se iba la oscuridad de la noche, o empezaba la luna creciente, los rugidos se multiplicaban. Las mujeres de los pescadores alertadas por estos rugidos, hacían guardia para ver si podían aclarar de donde procedían, pero no servía de nada, porque parecía que se ponían de acuerdo, ya que cuando hacían guardia nada se oía. Un día eran las cuatro de la mañana cuando iban los pescadores a tirar de la jábega, unos con cuerdas sobre el hombro, otros con remos y cuando oyeron los lamentos se les ponían los pelos de punta; cada cual tiró lo que llevaba y apresuradamente se fueron hacia sus casas. El pánico cundió y nadie quería ir a pescar por miedo a los rugidos. Cierto día, después de echar algunos lances de jábega para pescar, sacaron como diez kilos de sardinas y las pusieron en una canasta, para seguir pescando. Cuál no fue la sorpresa de los pescadores, cuando fueron a recoger el pescado para juntarlo con el nuevo que habían cogido en otro lance y se encontraron que había desaparecido. No se explicaban como podían haber desaparecido las sardinas, si estaban tapadas con otra canasta vacía y encima tenían puesto un paral. Se miraron entre sí los pescadores y dijeron que parecía cosa de brujería. El comentario era general de boca en boca, y de casa en casa, en los lugares de reunión como eran las barzas, donde se juntaban las mujeres para hacer la colada; en las puertas de las casas donde las fascaleras hacían su trabajo sin parar con las manos llenas de sangre, producidas por los pinchazos del esparto verde. Esto consistía en un trenzado o soga, que se hacía para luego llevarlo a casa del tío hilero (y se hacían las cuerdas de tirar de las redes de las jábegas, por eso tenemos en Roquetas, una calle que se llama Hileros), que hacía cuerda e hilos y que a su vez estos hilos, servían para que las mujeres hicieran las redes de pescar. Un día en unos almacenes, donde se hacían las arenques, o anchoas, que trabajaban todas las mujeres del pueblo, se comentó que la noche anterior algunas no quisieron ir a trabajar porque sentían miedo, porque su comadre, le había dicho que el bicho ese que da los rugidos había estado cerca de su casa, porque tenía un asnero con pescado tendido en la puerta y se lo había comido. Otras decían que ellas se habían levantado para ir al trabajo y vieron por la ventana una cosa grande que parecía un animal. La situación no se podía controlar, era el caos, porque los pescadores no querían ir a pescar por miedo y las mujeres tampoco querían ir a trabajar a los almacenes por el mismo motivo. Eran las cinco de la mañana, cuando esperaban con una yunta de vacas, para ver las embarcaciones que venían de pescar, y sacar los barcos del agua; como no había muelle no se podían dejar dentro del agua, por miedo a que se pudiera producir mal tiempo, cuando de repente, las dos vacas, salieron corriendo a toda velocidad, sin saber lo que les había pasado. Enseguida surgió el comentario de que las vacas podían ver la presencia del extraño animal, después de oír los rugidos, que aquella noche habían sido los más potentes al estar la luna llena. El vaquero, dueño de las vacas, no quiso seguir varando los barcos, hasta que no se aclarara lo de los rugidos, cogió su parte de pescado que le daban por varar cada barco, lo metió en una serreta de esparto y se marchó. |