| La aparición del tío Pedro una vez muerto |
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Página 1 de 4 Una fría mañana del invierno de mil novecientos treinta y tres en la que los vecinos habían sido recluidos a sus hogares, a causa del manto blanco extendido a lo largo de las escabrosas montañas del Madroño, (una de las aldeas del pueblo de Albox) y por el hecho de no poder hacerle frente a los glaciares fríos que acaecían por la época, la madre y la hija de la tía Sebastiana estaban junto a la gran chimenea donde había un gran fuego. El resto de la estancia estaba compuesto de algunos muebles realizados por los propios dueños, como casi todo lo que poseían, excepto unos pocos objetos como el espejo, el cuchillo, las cucharas y cosas así de difícil acceso a las materias primas para su elaboración. El suelo estaba hecho de una losa de adobe, pero había un pasillo empedrado desde la puerta de la calle hasta la que se encontraba enfrente, la cual, pertenecía a la cuadra donde dormía la burra Celestina, diecisiete cabras, dos mulas más, algunas ovejas, los chinos, pavos, conejos, gallinas, y cuanto animal sirviese para el trabajo, la comida, o bien, para llevarlo al mercado de Albox o de Huercal Overa, y así poder cambiarlo por unos pocos reales; dicho pasillo estaba reservado a la entrada y salida de las bestias de carga, animales más valiosos y preciados de la época, por la gran ayuda en las labores que desempeñaban en la vida de una persona, así que estaba en un lugar resguardado de la cuadra, de difícil acceso a posibles ladrones, de manera que quien quisiera robarlas debería entrar por la puerta principal de la casa. La iluminación del salón-comedor se componía de la escasa luz que entraba por la media hoja de la puerta abierta, la lumbre llameante, alimentada por rajas de almendro seco hechas el invierno anterior, y un candil de aceite rancio reutilizado, que estaba a medio apagar, por aprovechar el tiempo, evitando tener que encenderlo cada vez que fuera necesario entrar en el cuartillo oscuro donde se encontraban cachivaches varios de cocina, alimentos recolectados de cosechas anteriores y otros objetos, de madera y esparto, elaborados durante las largas y aburridas noches de invierno, una vez matados los chinos y las atrojes repletas de trigo para moler y convertirlo en harina para hacer pan. Entonces era cuando había llegado el tiempo de un poco de tranquilidad y el frío era aprovechado a su vez como una excusa perfecta, y residir bajo techo, al menos, hasta que no escampara. En esto que se levantó la hija de la tía Sebastiana a echar un vistazo por la media hoja de la puerta a la espesa nieve de tres días de tormenta, cuando quedó estupefacta al divisar a un hombre que iba andando a un ritmo más ligero de lo normal hacia la casa, puesto de traje y zapatos. Al principio no le vio bien la cara, pero cuando estuvo más cerca, le salió como un grito de lo más hondo que pudiera salir, dirigido a las presentes en la casa y con la carne de gallina: -¡Madre!, ¡que viene Pedro por ahí!, ¡que viene padre por el camino pa la casa! Cuando su madre y su abuela la escucharon quedaron espantadas de la sorpresa y se levantaron corriendo a ver qué le sucedía realmente a la niña. -¿Qué dices, hija mía?; ¿qué locura estás diciendo, si tu padre lleva más de un mes y medio enterrao? A lo cual, contestó la muchacha con más energía terrorífica aún mayor. -¡Que es lo que yo te estoy diciendo que viene por ahí entre la nieve!; ¡Ábrele la puerta que pase!, ¡Ábresela!, ¡Por lo que más quieras! A todo esto la abuela estaba en el fondo de la sala expectante a lo que estaba sucediendo y cavilando las cosas, con lo que le regañó a su hija, la Sebastiana, que tenía cogía por un brazo a la muchacha retirándola de la puerta de la casa hacia el interior. -¡Deja a la niña que abra la puerta de la calle y haga lo que tenga que hacer! -¡Que no!; ¡que a esta se le ha ido la cabeza!; ¡que yo no he visto a nadie por ningún camino!; contestó la Sebastiana con voz de loca y autoritaria. Pero la hija se le escapó y fue y abrió la otra hoja de la puerta para que entrara quien ella decía. A lo cual, dijo sin mayor vacilación, y retirándose al mismo tiempo hacia atrás a causa de la impresión: -¡Pase usté, padre!, ¡pase!. La madre gritaba encolerizada y le decía a su vez a su madre: -¡Pero si es que no hay nadie ahí, madre!; ¿¡no ve usté como esta, está loca de remate!?. ¡¡Ha perdío la cabeza por completo!!; ¡¡mírela usté!!. Pero la abuela, todo nerviosa, se fue hacia su nieta y le dijo: -¡Niña, pregúntale qué es lo que quiere y que te lo diga!. -¡Me acaba de decir que solo yo puedo verle y que vosotras no podéis verle! -Pero la abuela, repetía sin cesar: ¡pregúntales que qué es lo que quiere!, ¡venga!, ¡pregúntaselo!. A lo cual, la niña temblorosa le preguntó: -¡¿Qué es lo que quiere usté, padre?!, ¡díganos qué es lo que quiere!. Con lo que la niña dijo lo siguiente, una vez escuchada la respuesta: -Que dice que él está sufriendo por una promesa que no cumplió. Dice que tenemos que hacerle una horná de tortas a los pobres y repartírsela, que mientras que no lo hagamos está sufriendo mucho y que le encendamos una vela al corazón de Jesús; que cuando hagamos eso, no nos molestará más... Con lo que dijo la madre: -¡Santo cielo!. ¡Dile que eso lo haremos en cuanto deje de nevar!. Y la niña respondió con la respuesta del padre: -Dice que queda mu agradecío y que ya, se tiene que ir; que no nos preocupemos por nada más y que adiós por siempre. |