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El cielo teñido de un azul oscuro, solamente roto por el blanco radiante de la luna llena que cubre la ciudad. Una ciudad que lentamente va adentrándose en el primer sueño de una noche de verano. Las luces de la vieja Almería, las de aquella Almería mora que entre los muros imaginarios de la vieja muralla, han bajado su intensidad. Desde las almenas de la milenaria Alcazaba se puede percibir la conversación de las pocas personas que aun se encuentran disfrutando del aire fresco que desde el mar suaviza las calurosas calles del estío. Todavía a pesar de la hora desde la Hoya, acunada y cubierta por la sombra de la Alcazaba, como si esta quisiera protegerla del ruido de la Ciudad, los cantes del flamenco más profundo ascienden encaramándose por entre las piedras de sus murallas.
Entre las almenas se percibe una sombra, la sombra de un hombre triste, que a pesar de las riquezas que un día tuvo, su espíritu pasea por el recinto de lo que un día fue su palacio. Disfrutando de los aromas de las plantas que, a la luz de la luna, llenan la noche de aromas que vuelven al pasado dando vida a las viejas ruinas de su palacio, y puede admirar y sentir el sonido del agua que fluye de la fuente de la alberca, y sentir las tertulias y los comentarios de la corte. Pero al mirar hacia la ventana, vuelve a la realidad. Las lágrimas dan brillo a unos ojos que se vuelven tristes, como cada noche. Su lamento, como ráfagas de viento que se oye por toda la Ciudad. El quiere huir, no quiere seguir mirando hacia la ventana. Se aleja hacia el mar, desde el otro lado quiere mirar hacia el puerto, observar los barcos, como hacía cuando era rey de una ciudad que vivía entre sedas y damascos. Entre aromas de especias y de mar. Pero le es imposible rehuir mirar hacia la ventana. Ésta le atrae, le envuelve los sentimientos y la memoria. Sus ojos azules envueltos en el brillo de las lágrimas, se hacen más transparentes. A través de ellos, casi se puede observar lo que en esos momentos mantiene al rey absorto en el pasado. Sus ojos se ensartan de lágrimas cuando recuerda la última vez que esos ojos observaron los centelleantes ojos del color de la esmeralda de la favorita de su harem. La última vez que vio brillar los ojos de la Odalisca, no era por una noche de pasión en los aposentos del rey, mientras las luces de la Ciudad centelleaban bajo la luz de la luna llena. Esos ojos verdes de los que manaban perlas que se deslizaban por el sonrosado rostro de la favorita, no eran lágrimas de pasión. Eran lágrimas que brotaban de lo más profundo de su corazón. Corazón henchido por el amor y roto por el dolor. Sentada en el alfeizar de la ventana del harem, mientras un peine de plata se deslizaba entre sus largos cabellos negros como el azabache, embriagada por el aroma que brotaba del jazminero que ella misma plantara junto a la ventana y con el sonido lejano de la fuente de la alberca, su pecho se henchía y palpitaba al escuchar el cantar de un esclavo cristiano que todas las noches, a esa misma hora, desde la mazmorra en la que estaba confinado celebraba la hermosura de aquella esclava mora de grandes ojos verdes que en alguna ocasión había visto pasar frente a la pequeña venta a través de la que podía observar un diminuto pedazo de cielo. Al-Mutasin estaba triste, su preferida no acudía como en otras ocasiones a compartir el lecho entre sabanas de seda y cojines de ricos damascos, sintiendo el latir de las cuerdas del laúd, al ser acariciados por las hábiles manos de los eunucos.
La Odalisca atendía a otra llamada, la del canto del cautivo cuya melodía como un susurro envolvía los sentidos de la favorita e iba enamorándola. Cautiva por el amor, aprovechando su condición de favorita, ésta, todas las noches recostada en el regazo de su amado, ajena al frío que se sentía en la mazmorra, escuchaba las viejas canciones que envueltas en sus dulces versos de amor el cautivo le dedicaba. Teniendo noticias de que el rey había sido informado del romance entre su favorita y el cautivo cristiano, la Odalisca ayuda a escapar a su amado que desde la ventana se desliza hacia el barranco, descolgándose por velos de seda que ella misma había anudado. Descubierto, el cautivo antes de caer de nuevo prisionero prefirió arrojarse al vacío, yaciendo muerto al pie de la muralla mientras la Odalisca con el rostro aterrado contemplaba la escena desde la ventana. La Odalisca, al ver morir a su amado, lloró desconsoladamente, recostada sobre el alfeizar de la ventana presionando contra su pecho los pañuelos de seda que iba a utilizar para huir junto a su amado. Las lágrimas de dolor no cesaron de brotar y deslizarse por el bello rostro de la favorita, muriendo de pena con la mirada perdida hacia el fondo del barranco. Dicen que desde entonces las lágrimas de la Odalisca riegan las huertas de Almería.
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