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Página 1 de 5 Hacia el sol de poniente y sobre una escarpada roca, existen los restos de un trozo de muralla, que se viene denominando, desde tiempo inmemorial “Muralla de Roque”. Se aprecia claramente desde esta parte cómo la antigua ciudad árabe era, prácticamente, inexpugnable. Culminada la Reconquista, convivieron en la mayor armonía árabes y cristianos en Mojácar, de resultas y con motivo de la magnanimidad usada por los Reyes Católicos con la población, que se entregó con gallardía y entereza. Fueron numerosos los casos en que la convivencia cristiano-musulmana dio lugar a hechos y lances de índole poética o sentimental. La leyenda conocida por “Lucinda, la Enamorada” es un ejemplo notable de ello.
Existía en Mojácar un rico moro que tenía un hijo llamado Amur y una hija llamada Lucinda. Su morada* estaba enclavada en aquella parte de la muralla de la que hoy se conserva solamente un diminuto arco que comunica el extremo de la calle Luciana con el Valle que cae al pie mismo del arco. Desde uno de los ventanales del torreón* contemplaba la bella Lucinda el maravilloso panorama que se extendía ante su vista. También percibía envidiosa, el ir y venir de las gentes en las próximas alquerías*.
Al pie del torreón de Lucinda, y en el paraje denominado “Eras del Lugar”, existía la alquería de un caballero cristiano, llamado Don Nuño, a quien se le había adjudicado tal propiedad en premio de sus acciones de guerra en pro de la Reconquista. Tenía Don Nuño un hijo llamado Roque. Éste correteaba con su caballo por los alrededores de la finca, llegando con frecuencia hasta el pie del mirador de Lucinda. La doncella, que había quedado prendada de la apostura del mancebo, debía retener en silencio sus sentimientos, ya que había sido prometida a un joven musulmán, a quien apenas conocía y con el que forzosamente debía casarse, por designación paterna.
Envidiaba Lucinda la libertad de su hermano Amur, que podía bajar hasta la alquería de Don Nuño y hasta tratar a Roque (ya que la convivencia entre cristianos y musulmanes era cosa normal en Mojácar). Un día Amur, por coger un nido de pájaros, subió a lo alto de un corpulento pino, cerca de la casa de Roque, resbaló y cayó a tierra, quedando herido en una pierna. Fue atendido por la familia de Don Nuño, y, después de los primeros cuidados, lo subieron a un caballo, padre e hijo; llevándolo ambos a casa de sus padres. Agradecido el padre de Amur, les rogó que aceptasen su hospitalidad, ya que había caído la noche y había comenzado a llover copiosamente. Después de la cena, y habiéndose desarrollado ésta sin que Lucinda mostrara su rostro, según costumbre musulmana, el joven Roque, animado por la amabilidad con que se les trataba, se atrevió a rogar que, como favor especial, descubriese su rostro la muchacha. El padre no tuvo inconveniente en ordenar a su hija que así lo hiciera. Lucinda, con la venia paterna, alzó graciosamente el velo, y dirigiendo una significativa mirada a Roque, le hizo entrever el amor que por él sentía, ya que había reconocido en él al muchacho a quien tantas veces había contemplado, embelesada, desde el ventanal de su palacio.
Con ocasión de haber devuelto la visita los padres de Lucinda a Don Nuño, Roque preparó un ramo de flores que entregó a su amigo Amur para su linda hermana. En el ramo iba una misiva* que decía: “Hermosa Lucinda, si a tu poder llega esta misiva, portadora del encendido amor que te profeso*, estudia el modo de que llegue hasta ti tu admirador y esclavo, Roque”. No esperaba otra cosa Lucinda, y ayudada por su dueña, construyó una escalera de cuerdas, que desde el alto torreón descendía hasta el pie de la muralla. Por ella trepaba, al atardecer, el enamorado Roque, para entrevistarse con su amada. A la llegada del alba, todo rastro comprometedor desaparecía.
Supo el prometido de Lucinda lo que sucedía, y lleno de odio y de celos, juró acabar con el osado cristiano. Una tarde, cuando ya Roque había ascendido por la escala y se hallaba en tierno idilio* con la joven, inició la subida también el moro burlado. La dueña, siempre atenta y vigilante, notó por las sacudidas de la escala, algo anormal y sospechó que se cernía la tragedia. Cuando pudo distinguir ya cerca al musulmán, provisto de reluciente arma, soltó la escalera, yendo a dar el infeliz moro en el fondo del valle y quedando muerto en el acto.
Nunca se llegó a saber con certeza la causa de la desgracia. Pero ante el hecho del posterior matrimonio de Roque con Lucinda, el pueblo, con su fino instinto, sospechó siempre que la muerte del musulmán estuvo íntimamente relacionada con los amores de Roque y Lucinda, y designó al torreón de ésta con el nombre de “Muralla de Roque”. Con el tiempo se extendió tal denominación a toda la parte escarpada que se eleva, altiva, en la parte de Mojácar contraria al mar.
Como recuerdo del emplazamiento del palacio de Lucinda, la calle que arranca del arco, que aún se conserva, de tal palacio se denomina “de Luciana” por corrupción del nombre de Lucinda.
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