|
Página 1 de 3
Si bien en la actualidad se sigue contando, su origen lo podemos situar en los primeros años del siglo XX. Narrada por un vecino de la localidad al cual le fascinaba coleccionar restos de antigüedades, por lo que siempre que salía a la calle, iba en busca de cualquier cosa que pudiera interesarle, pero las monedas antiguas ejercían sobre el una gran fascinación.
Adra es un sitio extraordinario para la búsqueda de monedas, y restos arqueológicos, tanto en las zonas próximas al cerro de Montecristo, que era el lugar de instalación de los primeros colonos fenicios, como en todo el ámbito marino del litoral, que se encuentra jalonado de numerosos “pecios”, o sea restos de naufragios de embarcaciones de los fenicios, griegos, cartagineses y romanos que navegaban durante siglos por sus costas. No era raro comprobar como, algunas tardes, en la taberna del Mohoso, los pescadores mostraban alguna ánfora que les había aparecido enredada en sus redes, o incluso algún cepo, o parte de áncora romana.
Muchas veces, tras los temporales, aparecían en las playas de la localidad, restos de embarcaciones, de aparejos de pesca e incluso algunas monedas que la mar arrojaba o descubría. En definitiva una infinidad de cosas, que como diría este viejo personaje, “la mar es un museo inagotable que en los días de gran oleaje va soltando poco a poco hacia la orilla sus tesoros”.
Pues bien, este hombre llamado José Rodríguez, en los días de temporal se solía dar un paseo por la playa y recogía distintos cacharros que encontraba. Pero la sorpresa viene cuando un día encontró una moneda de plata, que a simple vista no le pareció ordinaria y reciente como las que solía encontrar, le pareció rara y sus caracteres casi borrados le indicaban que era bastante antigua. La limpió un poco y distinguió una cabeza laureada y unas letras que decían T. CAESAR DIVI F. AVG. La llevó a casa, la dejó en su cuarto y se acostó, a esto de las dos o tres de la mañana un sonido de monedas le sobresaltó y despertó, encendió la luz y no vio nada anormal, salvo cuando miró al sitio donde solía guardar y poner las monedas que no estaba igual que como las había dejado, estaban esturreadas, parecía como si las hubieran removido: pensó que pudo ser un pequeño terremoto ya que por esta zona se suele sentir a menudo. Al día siguiente preguntó y nadie, absolutamente nadie sintió nada, ni se removió nada, todo aparecía tal y como estaba.
Este día lo dedicó a limpiar la moneda para descubrir de qué época sería y a quién pertenecía, pero estaba tan desgastada que sólo consiguió distinguir mejor las letras anteriores en el anverso pero en el reverso no se veían letras latinas sino unas figuras de letras orientales. Así que decidió enviarla a un amigo de Madrid que sabía bastante de monedas, y como allí podía consultar cuantos catálogos hiciera falta, la envolvió y la mandó por correo con una carta para que le explicara y descifrara el enigma de su moneda.
Ocho días después José recibió un certificado, a él ya casi se le había olvidado lo de la moneda, pues bien se dirigió a por el paquete de su amigo madrileño, se encontró la moneda con una carta en la que decía: Querido amigo José: Te envío la moneda que me mandaste, la cual he limpiado un poco y he podido ver que como tu decías era romana y precisamente las letras querían decir TIBERIO DIVINO AUGUSTO y la cabeza de este emperador romano que reinó entre el 14 al 37 de la era cristiana. Su nombre completo fue el de Tiberius Claudius Nero, se casó con la hija de Augusto, Julia y le sucedió a su muerte en el 14. En el año 26, Tiberio se retiró a Capri y no volvió más a Roma. Murió en Misena en el año 37, a la edad de 78 años.
|