| El milagro de San Ildefonso |
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Página 1 de 6 En las vísperas del 20 y 23 de enero los habitantes de Olula del Río se dedican a recoger leña y a tapar sus fachadas ya que el 19 y el 22 a partir de las 10 de la noche se inicia la gran fiesta del fuego, donde vecinos protegidos y tapados sus cuerpos se dedican a lanzar miles de carretillas creando un aspecto fantasmagórico de pólvora y fuego. Una vez finalizada la tirada de carretillas, comienza la fiesta de la comida, ya que en las ascuas de las lumbres se asan morcillas, chorizos...y se bebe hasta casi de día. Para conocer mejor estas fiestas de las carretillas hablaré de un suceso que surgió en los años 20,según versiones de los viejos de entonces que se dice que pretendían evitar las irreverencias que se hacían y se le siguen haciendo a San Ildefonso. La imagen de San Ildefonso, copatrono con San Sebastián en la Parroquia de Olula, estaba colocada sobre una peana situada a la derecha del altar mayor. Esta imagen incluyendo la peana y la mitra no era mayor a un metro, su rostro era y es color ceniza arroalado y a veces manchado de "tiznajos". Los ancianos de ésta época se quejaban por las perrerías que le hacían soportar a la imagen de San Ildefonso que para colmo los jóvenes lo llaman "San Alicuquin". En la procesión de las carretillas, vísperas de San Sebastián y San Ildefonso, la imagen era secuestrada de la Iglesia por los jóvenes, la colocaban en sus pequeñas andas y era portada por cuatro hombres, estos debían de pasearla por todo el recorrido entre los cohetes rateros (carretillas) saltando las hogueras de todo el itinerario. Por tanto la gente que iba debía poner en juego su habilidad para no quemarse. Durante los días anteriores a esta procesión los vecinos de cada barrio recolectaban leñas, maderas viejas y así formaban sus propias hogueras. Ya entrada la noche de las carretillas los mozos se vestían con sus ropas más viejas, con cinta islante en muñecas, cintura y tobillos, con pasamontañas y todo tipo de vestimentas. Todo esto era necesario para protegerse a fin de preservar su físico de las quemaduras. Un toque característico de cornetín anunciaba el inicio de la procesión, momento en el que las primeras carretillas, dirigidas al Santo, ponían un tinte de fuego color asombroso. Los que portaban la cruz y el Santo comenzaban a bailar, saltar y brincar, y así seguían el recorrido hasta llegar a la primera hoguera, que encendida momentos antes, era imposible saltar en la forma que era perceptivo, razón por la cual dejaban el Santo en el suelo y sus portadores se sumaban al jolgorio de las carretillas y a beber en botellas y botas de vino, que también ofrecían, irreverentemente, al pobre y sufrido "San Alicuquín", a quien algunas veces, le colgaban las propias botas de vino para que le sirvieran de adorno. Cuando la hoguera estaba algo pasada, pero aún en plena incascendencia los portadores del Santo alzaban las andas, colocaban las varas sobre sus hombros y tomando carrerilla saltaban la hoguera, para proseguir su carrera entre saltos y bailes, mezclándose entre las caretillas, hasta llegar a la siguiente hoguera, en la que volvían a situar la imagen en el suelo. |