| La procesión de las ánimas |
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Página 1 de 4 Cuenta una antigua leyenda de Alboloduy que un vecino que vivía en una de las calles por donde transcurren habitualmente las procesiones, llamadas en algunos pueblos “calles de la estación”, tenía por costumbre volver todas las noches a su casa borracho, pues pasaba las primeras horas de la noche en la taberna, jugando a las cartas y bebiendo, cosa muy habitual entre los hombres en aquellos tiempos. Siempre regresaba antes de la media noche (12-1 de la madrugada), quizás por aquello de “de las doce a las une corre la mala fortuna”.Hay que tener en cuenta que en estos años finales del siglo XIX y comienzos del XX, no existía aún en Alboloduy el alumbrado público ni privado, las calles estaban a oscuras y las casas se alumbraban habitualmente con pequeños candiles de aceite de oliva. Las gentes se acostaban muy temprano, apenas anochecía (8-9 de la noche) y se levantaban muy temprano, antes de que amaneciera (5-6 de la mañana), coincidiendo de las doce a las una con la media noche. Pero sucedió que una noche se entretuvo más de la cuenta jugando a las cartas y cuando volvía a su casa ya habían dado, hacía rato, las doce de la noche. El hombre vio, un poco extrañado, que a esas horas se estaba celebrando una procesión, le pareció muy raro, pues además de ser muy tarde, creyó reconocer entre los procesionales a un vecino que hacía tiempo había fallecido. Las personas que iban en la procesión estaban colocadas en dos filas. Iban rezando el rosario, llevando en una de las manos una gran vela. De trecho en trecho sonaba acompasadamente una campanilla, precursora de la procesión. Uno de los procesionales le invitó a participar en ella. El hombre, aunque no quería, pues no era muy religioso, se vio forzado aceptar la vela que le ofrecía y a recorrer con ellos los metros que le quedaban hasta su casa. Nada más llegar despertó a su mujer y le contó todo lo ocurrido. Ésta no dio crédito a sus palabras, pensando que sería fruto de la borrachera. Aconsejó a su marido que se acostara y no se preocupara, pues seguramente todo había sido una pesadilla. El hombre se acostó pero no durmió nada pues estaba deseando que amaneciera para enseñarle a su mujer la vela que le habían dado, como testimonio de la veracidad de su historia. Pero cuando fue a coger la vela que había dejado sobre la cómoda, se llevó una gran sorpresa, pues en lugar de la vela se encontró con un fémur humano. El pobre hombre no pudo resistir el susto y murió, siendo la esposa la que contó la extraña historia a las vecinas. Existe otra versión, que narran en algunos pueblos, en la que el hombre considera que los hechos son un aviso de las ánimas para que deje su mala vida. El hombre se convierte, deja de beber y se hace asiduo feligrés, asistiendo diariamente a misa, abandonando la bebida y otras diversiones mundanas. En casi todos los pueblos alpujarreños son muchas las personas que dicen haber oído el ruido que produce la procesión, el cuchicheo de sus rezos y el sonido de las campanillas que las acompañan. Hay que recordar que en algunos lugares, como en Alboloduy, aún se conserva la tradición de comunicar al vecindario que una persona ha muerto por el sonido de la campanilla de ánimas que una mujer va tocando, recorriendo todas las calles de la localidad. Varios vecinos cuentan que algunas noches tenebrosas se han arrebujado en sus mantas, oyendo los murmullos de la procesión, y muertos de miedo, han esperado las luces del alba para conciliar más tranquilamente el sueño o regresar a la realidad cotidiana. En los pueblos alpujarreños aún está muy arraigado el culto a las ánimas a las que se les solicitan favores, se les invocan cuando se pierde algo, se les ofrecen limosnas y se les piden nos despierten a una hora determinada, etc. Aún se celebran misas de ánimas por los difuntos del año. Aunque indudablemente el culto a las ánimas ha decrecido muchísimo, aún persiste esta devoción, sobre todo en algunas personas mayores de nuestros pueblos. |