| La Cueva de la Madreselva |
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Página 1 de 10 Esta leyenda se remonta a los lejanos tiempos en que los árabes vivían en Alboloduy. El pueblo se extendía por el barranco, la Mezquita, el Zacatín, la Plaza Vieja y el Rastro. Sus barrios recibían nombres extraños y misteriosos: el Coco, Alcozayas. El Montenegro se llamaba Sierra Alta de Alcudia y era en 1510 alguacil mayor Luís Judea.Los habitantes de Alboloduy vivían tranquilos, dedicados a la agricultura y a la cría de los gusanos de seda, no sin razón esta seda era una de las más preciadas de La Alpujarra. Pero el 21 de diciembre de 1489, los Reyes Católicos pasaron por el pueblo incorporándolo a la corona de Castilla, ordenando la construcción de una iglesia dedicándola al Apóstol Santiago. Después de numerosas vicisitudes, los moriscos se sublevan contra los cristianos el 26 de diciembre de 1568, siendo derrotados por las tropas del marqués de los Vélez a las afueras de Alboloduy en abril de 1569. Las autoridades cristianas deciden enviar a los moriscos fuera de Almería y a principios de 1572 comisionan a don Pedro de Padilla para transportar a los habitantes de Alboloduy al puerto de Almería donde serían embarcados en dirección a Vera y Albacete. Unos días antes de estos sucesos algunos moriscos acaudalados quisieron poner a salvo sus riquezas y, en lo más angosto del Montenegro buscaron una cueva donde poder esconder las joyas, monedas y demás objetos valiosos que poseían. Pensando en un rápido regreso, disimularon la entrada grabando unas letras en la piedra e incrustando en ellas oro para que brillara al sol una vez al año y durante escasos minutos. Don Pedro de Padilla no puede controlar a los deportados y escapan río abajo y por los cerros cercanos. Algunos consiguen llegar a la costa y en barcas logran alcanzar Marruecos, donde se establecen quedándose a vivir en ese país definitivamente. Pasan los años, la acción se traslada a una ciudad del norte de África, allí a comienzos del siglo XX, dos jóvenes soldados españoles entablan una conversación apoyados en el mostrador de un típico café marroquí: - ¡Cuántas ganas tengo de licenciarme! Decía uno, el otro le respondió: - Pues ¿Y yo? Ya me veo en Alboloduy en mi casa del Zacatín y en mi huerto de Alcozayas. Junto a ellos un mahometano, que escuchaba esta conversación, se volvió e interpeló a ambos soldados: - Perdón que me dirija a ustedes, pero no he podido dejar de oír sus palabras que me han emocionado en gran manera, toda vez que mis antepasados eran árabes españoles y vivían en un pueblo de Almería llamado El Bolodud. Aún conservamos la llave de nuestra casa que estaba situada en el barrio de Al-Hiçana . Tomando al de Alboloduy de un brazo se lo llevó aparte y acercando su boca al oído de soldado español le susurró: - Mañana vuelve a esta hora y te traeré un plano en el que mis antepasados anotaron el lugar donde escondieron sus riquezas antes de salir de Alboloduy. Se encuentra en lo alto de la Sierra de Alcudia, donde se crían las madreselvas. Desde la boca de la cueva se divisan siete torres de mezquitas. Cuando vayas al pueblo lo descubres y me traes la mitad. Me fío de ti. Los de Alboloduy siempre hemos tenido fama de honrados. Los dos soldados marcharon al cuartel, el alboloduyense, con el alma llena de gozo, esperó impaciente la llegada del día siguiente. Pero la desgracia se cebó en él, ya que ese día estalló la revuelta de los moros de Marruecos. Se cerraron los cuarteles, comenzó la guerra y ya no pudo localizar jamás al moro. Cuando lo licenciaron no perdió el tiempo en el pueblo, preparó un equipo y con su mulo marchó al Montenegro a buscar la mina de la Madreselva. Intento vano ya que nunca pudo localizar la boca de la cueva. Pasaron los años, la mina no apareció, pero su existencia era palpable para todos los vecinos. Hacia 1930 un leñador que se encontraba recogiendo matas blancas y bolinas, al ir a cargar el burro vio en el suelo una especie de cruz de oro. Al intentar cogerla desapareció, pues se interpuso entre ella y el sol. Al instante se imaginó que estaba ante la entrada de la cueva de la Madreselva. Rápidamente terminó de cargar la caballería y emprendió el regreso al pueblo. Al día siguiente regresó al mismo lugar o por lo menos eso creía él, ya que no pudo hallar rastro de la señal de oro. Todas sus búsquedas fueron inútiles, así como las de algunos vecinos que, enterados del suceso, marcharon al Montenegro con ánimo de ser ellos los que encontraran el tesoro. Aún recuerdan algunas personas mayores, como siendo ellos niños, partían los mayores río arriba, hacia la sierra, cargados los mulos con herramientas. Pero todos los intentos tuvieron un resultado negativo. También cuentan la llegada, hacia finales de la primera década del siglo XX, de una caravana de árabes que acampó a los pies del Peñón del Moro y de los cuales se decía eran descendientes de los moriscos expulsados de Alboloduy. Uno de aquellos niños recordaba con total nitidez, como un viejo musulmán le decía a otro, mirando hacia la sierra: - Si éstos supieran el oro que hay enterrado allí arriba no pararían de escarbar hasta que lo encontraran. |