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El agua es un ingrediente vital básico. Sin ella no podría haber vegetación ni animales ni seres humanos, y se manifiesta como un componente creador de los paisajes.

El paisaje es un sistema complejo, y el agua uno de sus elementos con más elevado valor paisajístico, que actúa e interactúa con otros elementos (rocas, aire, vegetación, clima, hombre) desencadenando múltiples procesos que desembocan en la caracterización del paisaje. Los relieves y los paisajes que hoy existen son el resultado de muchos años de transformaciones en las que el agua es un factor fundamental a la hora de tratar de descubrir cuál ha sido el pasado de un paisaje y describir su presente.
Una vez que el agua de lluvia llega al suelo, los cursos de agua son las arterias vitales de los paisajes por los que se desplaza sobre el suelo siguiendo los declives del terreno. Ya en los valles, el agua se encauza y se ordena en sistemas de drenaje compuestos por pequeños arroyos que se agrupan formando arroyos mayores que desembocan en ríos o cauces principales, es el agua de escorrentía, causante de buena parte de los fenómenos de erosión.
De alguna manera, se puede afirmar el carácter omnipresente del agua en la mayor parte de los paisajes, tanto en aquellos en los que su presencia es claramente visible, como en aquellos otros cuya configuración y funcionamiento están precisamente condicionados por su escasez o ausencia. De hecho, el agua está en el nacimiento mismo de la idea de paisaje en la China del siglo IV, una idea expresada con el vocablo shanshui, resultado de la unión de shan (montaña) y shiu (agua o río).

Son numerosos los tipos de masas de agua y, consiguientemente, los paisajes en los que lo hídrico puede constituir un elemento protagonista, en mayor o menor medida,  como realidad material, como elemento morfológico percibido, como componente funcional de primer orden del sistema paisajístico y, con frecuencia también, como imagen y representación simbólica, en especial en aquellos territorios en los que resulta escasa y constituye un recurso muy apreciado socialmente.
El agua se presenta en el paisaje en diferentes formas y estados: líquida (ríos, lagos, acuíferos…), sólida (nieve, hielo) o en forma de vapor (nubes), y en el transcurso de su ciclo natural cambia de estado. Se puede desplazar en el paisaje como aguas libres que circulan en corrientes de rapidez variable o recogidas en cauces naturales o artificiales; fluir con continuidad o estar más o menos estancadas; como aguas superficiales o subterráneas; permanentes o temporales en paisajes que sufren épocas de estiaje; como aguas mansas o aguas bravas. Estas representaciones configuran distintos escenarios paisajísticos, de manera que según su grado de presencia y su carácter o forma de presentación, el agua puede adoptarse como criterio clasificador de los paisajes.

En el paisaje puede no verse la presencia directa del agua, pero sí colegirse por sus efectos, en especial por el verdor de las plantas. Tanto en los paisajes naturales como en los rurales y urbanos el agua deja una impronta destacada modelando el relieve, formando suelos, propiciando la agricultura e interviniendo en la distribución de cultivos y asentamientos humanos.


Desde el punto de vista biológico, el agua es un recurso natural indispensable para los sistemas naturales, para la biodiversidad y para las personas. Desde otro punto de vista el agua supone también un elemento indispensable para las actividades sociales y económicas.    Puede decirse que la historia de las civilizaciones se asocia al discurrir de los humanos junto al agua, ya que desde la más remota antigüedad los pueblos han situado los asentamientos junto a las fuentes naturales de este recurso, bien fueran ríos, manantiales, lagos o mares (Tormo, 2005).


El paisaje es historia y cultura, reflejo de las condiciones que las sociedades imponen a su entorno territorial, de la interacción entre naturaleza y cultura humana. El estado de un paisaje es fruto, pues, de las decisiones que los grupos humanos adoptan sobre el territorio, de tal manera que el paisaje del agua refleja la cultura ambiental de la sociedad con su medio. Así, múltiples culturas ha desarrollado en torno a este elemento paisajes singulares y configurado notables patrimonios históricos materiales e inmateriales. Es el caso, por ejemplo, del tratamiento histórico del agua en el ámbito andaluz, con su alta consideración por este elemento como fuente y símbolo de vida, como elemento lúdico y medio de comunicación (Roldán, 2003).

La necesidad de este líquido hace que el hombre modifique el régimen hidrológico desviando y modificando los cauces naturales con construcciones e infraestructuras (presas, pantanos, embalses, canalizaciones, trasvases de agua de los ríos en su curso alto…) o incorporando modos de explotación del agua que provocan alteraciones en su ciclo integral y con frecuencia resultan perniciosos para el equilibrio ecológico (disminución del caudal superficial de los ríos, contaminación y eutrofización de las aguas…), pudiendo incluso dar lugar a cambios climáticos a escala regional.  Todas ellas son causas que refuerzan la progresiva desaparición del agua en el paisaje.

El agua aporta al paisaje vida, color, frescura y mejora sus valores estéticos. Entre las percepciones que se recogen de la existencia del agua en el paisaje están también los sonidos de matices e intensidad variables. Todo ello proporciona sensaciones muy diversas (agradables la mayoría, y en ocasiones turbadoras), que han sido y son fuente de inspiración de numerosos artistas, poetas y pintores. En suma, entre los componentes del paisaje de cara a su valoración y preferencia, la presencia de agua y de árboles, juegan un importante papel en los sentimientos de topofilia (lazo afectivo entre las personas y el lugar o el ambiente circundante) (Yi-Fu Tuan, 2007).

EL AGUA EN EL PAISAJE NATURAL

En el medio natural el agua actúa como factor esencial en la configuración del paisaje y la biodiversidad. El agua es capaz de modelar el relieve, erosionándolo, fracturándolo disolviéndolo, transportando materiales y depositando los sedimentos.
La existencia de agua en el paisaje natural se manifiesta de numerosas formas: de complejidad diversa: ríos, arroyos, cataratas, meandros, torrentes, manantiales, escorrentías, cárcavas, cuencas, vertientes, lagunas, cascadas, sedimentos, riberas, ramblas, humedales, etc. Aguas libres que circulan por donde la gravedad y las condiciones del terreno les permiten. Luego, el hombre “secuestra” estos cursos de agua tratando de domeñarlos para apropiarse de tan preciado bien. El agua en la naturaleza produce, a su vez, diversos procesos naturales físicos relacionados entre sí: precipitaciones, escorrentía, infiltración, evaporación, evapotranspiración, erosión, transporte y sedimentación…


Los ríos son los cursos de agua más significados en el paisaje natural, y  dependiendo del trazado de su cauce, su sinuosidad, su altura y conectividad, determinan configuraciones vegetales sobre el terreno más o menos desarrolladas (desde vegetación herbácea o arbustiva de juncos, sauces, fresnos… hasta bosques de ribera o bosques de galería), y especialmente representadas en la vegetación y fauna ripiaria de los corredores fluviales de hileras de chopos.


De la presencia del agua en el paisaje interesa conocer: su localización, porque representa un dato de suma importancia a la hora de entender la ubicación de los asentamientos humanos, las explotaciones agrícolas, los sistemas de cultivo, etc. El estado físico en que se presenta, porque su distinta condición se reflejará en formas y fenómenos muy distintos. Su cuantía, ya que ésta resulta un condicionante para la existencia de  vegetación y para la instalación humana. La calidad, que determina sus posibilidades de uso. Las formas en que se concentra: río, arroyo, torrente, canal, estuario, ría, lago, laguna, embalse, glaciar, acuífero, etc.

EL AGUA EN EL PAISAJE RURAL

Las características de la explotación del agua configuran una gran diversidad de tipos de paisajes rurales: desde las huertas y vegas fluviales, a los paisajes de las llanuras de inundación litorales; de los deltas y conos deltáicos irrigados, hasta los paisajes de agrosistemas de montaña tradicionales, basados en el uso ancestral de escorrentías de nieves y deshielos, con laderas primorosamente abancaladas.

En estas serranías, muy propias del medio andaluz, el tratamiento del agua y los usos agrícolas son el hilo argumental de su historia y ha conformado verdaderos paisajes culturales. Es el caso de la Alpujarra, en la solana de Sierra Nevada, y sus vertientes aterrazadas y atravesadas de acequias (Matínez y Esteve, 2001).

La agricultura es la actividad que necesita más agua, y en la mayoría de los casos los cultivos no pueden depender sólo del agua de lluvia, por lo que con frecuencia se usa el agua de las corrientes superficiales y las aguas subterráneas.


El agua es vida para la agricultura y la ganadería, pero tanto el exceso como la falta de este elemento pueden convertirse en una amenaza. Tanto las avenidas e inundaciones como las sequías son circunstancias que los hombres han querido precaver y gestionar sembrando el paisaje rural con el montaje de infraestructuras: para la acumulación, regulación y gestión del agua (canalizaciones de riego, azudes, acueductos, presas, embalses, balsas, pozos, pontones y otros ingenios hidráulicos); para facilitar su uso y consumo (abrevaderos, pilones, lavaderos, molinos, batanes, aceñas, norias).


Muchos de estos elementos vinculados al uso del agua constituyen hoy día un rico patrimonio cultural, arqueológico e industrial. Pero también muchos han visto periclitar su funcionalidad por el profundo cambio en los usos agrarios, sufriendo procesos avanzados de abandono y, por consiguiente, el deterioro de las tramas culturales del paisaje rural. Un deterioro difícil de revertir por la ausencia de las necesarias labores de conservación y el desinterés generalizado por la gestión y puesta en valor del patrimonio cultural y paisajístico que albergan estos espacios.


Al patrimonio material, hay que sumar los usos, conocimientos, técnicas e instituciones ligados a la gestión del agua que las comunidades que han aprovechado históricamente estos lugares han ido generando y transmitiendo hasta constituir un acervo inmaterial de elevado valor patrimonial, que los individuos reconocen como propios y que, en la mayor parte de los casos, manifiestan aún su vitalidad en la gestión actual del riego.


Algunas de estas infraestructuras (presas, embalses y canalizaciones, principalmente) suponen profundas transformaciones en el paisaje previo (impactos). Por ejemplo: la canalización de un río comporta pérdida de la diversidad de condiciones ripiarias y desconexión de la humedad freática con el sistema radical de la vegetación.

Paliar los efectos de la cada vez más escasa presencia de agua en el medio rural, evitando un deterioro irreversible de índole ecológica y paisajística, requiere adoptar medidas decididas y urgentes en la gestión del agua. Los procedimientos de la agricultura tradicional desaprovechan y malgastan gran cantidad de agua porque ésta no se reparte uniformemente y el rendimiento es muy bajo. Apremian medidas y remedios como: la eliminación de infiltraciones; velar por el control de los niveles freáticos y la recarga de los acuíferos que descienden por las extracciones abusivas para el regadío, principalmente en zonas de agricultura intensiva; el mejoramiento del suelo agrícola, agregando material orgánico que aumente la capacidad del suelo para retener la humedad; optimizar y seleccionar las plantas de bajo uso de agua; adoptar un riego eficiente, evitando su aplicación en horario de alta evaporación; contener la extensión de las regadíos a las verdaderas posibilidades hidrológicas (El Plan Nacional de Regadíos.  2001) persigue la mejora de las infraestructuras de distribución y aplicación del agua de riego, con la incorporación de las innovaciones tecnológicas que permitan aplicar técnicas de riego menos exigentes en el consumo de agua); promoviendo un uso turístico y recreativo a los embalses que mantenga en buen estado sus aguas, evitando que los sedimentos y la materia orgánica originen su eutrofización.

EL AGUA EN EL PAISAJE URBANO

Determinadas ciudades han nacido al socaire del agua (Palermo, Nápoles, Valencia, Murcia…) y han construido su espacio y su historia en función de ese elemento. En todas, el agua está presente en su paisaje a través de las fuentes, aljibes, estanques, puentes o canales intraurbanos, cuya funcionalidad y significación ha ido cambiando a lo largo del tiempo y en muchos casos constituyen hoy día puntos focales en jardines y plazas con un carácter escultórico y decorativo.


Las fuentes, desde tiempos de los romanos y hasta no hace tanto, han estado presentes en todas las ciudades como elemento indispensable para facilitar el suministro de agua, pero con el tiempo pasaron a ser focos de reunión y de organización urbanística, y en la actualidad centran su función principal como importantes elementos de ornamentación y embellecimiento de las ciudades.


En los jardines el agua siempre ocupa un papel sobresaliente, pero ha habido épocas y culturas en las que ese protagonismo alcanzaba especial significación (los jardines de Versalles en el barroco; o el jardín andalusí y su búsqueda de una acuerdo perfecto entre la vista y el sonido del agua).


En el medio urbano y periurbano el agua se despliega también como elemento lúdico en piscinas y complejos acuáticos que tienen el agua abundante como argumento básico de juegos y diversión.


Pero en el paisaje urbano se da también la cara oscura del uso y abuso del agua.  Los núcleos urbanos trastocan las características de los componentes que intervienen en el ciclo natural del agua, provocando cambios especialmente significativos en los procesos de escorrentía y en la calidad del agua. El asfalto y el hormigón de las zonas construidas no cesan de aumentar, extendiendo la impermeabilización del suelo, evitando la infiltración y el relleno de la capa freática y aumentando la evaporación. Las ciudades, espacios relativamente reducidos donde se concentran miles y hasta millones de personas, generan graves problemas de abastecimiento de agua y saneamiento de las aguas residuales.


La hegemonía de la ciudad sobre el medio natural se ha traducido en un desprecio por el paisaje del agua, manifestado en el encarcelamiento de los cauces entre muros de hormigón, eficaz solución frente a las inundaciones pero que ha destruido nume¬rosos tramos de río a su paso por las ciudades con el consiguiente impacto ecológico y paisajístico; en la convivencia con cauces mugrientos en el espacio urbano, o en el embovedado y la ocultación de los malolientes ríos-cloaca enterrándolos bajo las vías de tráfico, etc. En definitiva, creando un conjunto de paisajes que son el resultado de una conciencia muy laxa respecto a los problemas hidrológicos y la cultura del agua.


La integración ambiental y paisajística del ciclo del agua en las ciudades persigue la regeneración y el uso público de los paisajes del agua, para cuya conservación se requieren políticas que propicien la restauración paisajística de cauces fluviales a su paso por los núcleos urbanos; la creación de parques periurbanos en las márgenes fluviales o de las zonas húmedas; la recuperación y uso del patrimonio hidráulico; el tratamiento y depuración de las ingentes aguas residuales que exudan las ciudades y los polígonos industriales, propiciando nuevas formas de utilización; la disposición de las viviendas para hacer frente a los fenómenos del agua; de educación ciudadana para evitar el despilfarro del agua y el uso controlado y responsable de este recurso.


Las propuestas para la recuperación paisajística de los espacios fluviales en áreas urbanas se optimizarán en la medida en que mantengan la naturalidad del paisaje y se aprovechen las energías del sistema natural, procuren la diversidad en la forma y en el tratamiento de los distintos tramos en función de sus características naturales y culturales, y primen la calidad en el diseño y explo¬tación de las infraestructuras ligadas al agua.

GESTIÓN-AHORRO DEL AGUA

Paisaje y agua son dos bienes escasos y, en el caso del agua, un recurso desigualmente repartido. Por eso el agua es un patrimonio económico, ecológico y social, pero es un bien limitado, que hay que saber ahorrar y administrar y en el caso de las personas que tenemos facilidad de acceso al agua potable, la solemos desperdiciar en excesos (Andalucía es la Comunidad Autónoma con mayor consumo medio de agua en los hogares. Más de 189 litros/habitante/día, según datos ofrecidos en 2007 del Ministerio de medio Ambiente referidos al año 2004). De la presencia y la calidad del agua depende la conservación de la vida vegetal, animal y humana. El paisaje sin agua es un desierto, y ese es el futuro a no muy largo plazo si no se cuida y ahorra el agua. Por consiguiente, la protección de los paisajes pasa por proteger el agua.


Se impone la exigencia de abordar con rigor y urgencia la gestión de este beneficio escaso. La UE en la Directiva Marco del Agua (2000/60/CE) ha convertido la mejora de la eficiencia técnica y económica del uso sostenible del agua en uno de los objetivos principales de la política hidráulica. La eficiencia es ahora una ciencia a base de análisis econométricos que incluyen auditorías del paisaje, sistemas de riego controlados por ordenador; y evaluación de infraestructuras para mejorar el uso eficiente del agua. A ello contribuyen así mismo, ordenanzas locales que tratan de disuadir del derroche de agua.

Una política de conservación y ahorro del agua debiera recoger acciones que aglutinen al menos cuatro principios básicos de actuación:   
-    La protección de la calidad y la cantidad de los recursos hídricos disponibles.
-    El diseño de estrategias para un uso racional y eficiente del agua.
-    La integración del ciclo hidrológico en el sistema natural del paisaje.
-    Una concienciación ciudadana sobre las dimensiones del problema que supone la escasez de agua, la responsabilidad que nos compete a cada uno y la formación necesaria para un uso eficaz de este recurso.


En el plano individual y social resulta fundamental fomentar el desarrollo de actitudes proambientales, entendidas como tendencias a responder favorablemente ante la conservación del medio o ante acciones o compromisos que favorezcan la conservación (Canto, 2002), y ello implica una concienciación sobre la problemática del agua y sus irremplazables valores.


Hacer un buen uso del agua es utilizarla sin malgastarla ni malbaratarla y de acuerdo con la disponibilidad del lugar en que vivimos. Como proclama la UNESCO (2006), el agua es una responsabilidad compartida, y todos los sectores de la sociedad deben de contribuir a ello. En suma, extender y compartir una nueva cultura del agua que suponga entender nuestra relación con este recurso desde la perspectiva de que es algo mucho más importante que un producto comercial, sino un don material que genera vida y una herencia que hay que proteger.


Desde el ámbito educativo esta tarea cobra importantes perspectivas: trabajar, reflexionar y extender desde la escuela una cultura del agua centrada en la idea de que su ahorro es muy importante. Trabajos y propuestas formativas como “¿Por qué mueren los ríos?”, de X. M. Souto y S. Ramírez (1994), suponen un excelente material didáctico que ayuda a promover el conocimiento y la reflexión de los escolares sobre el papel y la gestión del agua en el paisaje y en la existencia de las personas.

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